“El
siglo XXI será espiritual o no será nada”, profecía atribuida al autor de la
novela La Condition Humaine.
André Malraux, profeta a su pesar, ha puesto el dedo en la llaga de la pequeña
religión. No afirma será religioso o no será nada sino “espiritual”.
La Religión, en sentido de religare, no ha muerto porque Dios no ha muerto, la
religión, mercadillo de todo a 99 céntimos, en rebajas, va muriendo, como mueren
los árboles, lentamente.
La religión, institución jerarquizada, con dogmas, todo regulado con normas y
mandamientos, sin menú y sin disidencias, parece no rimar con las sensibilidades
de estos tiempos más líquidos que pétreos.
Los hombres de hoy huyen de cualquier forma de “para siempre”, compran a cómodos
plazos y viven a corto plazo.
El primer milenio fue el Milenio del Padre.
Dios no tiene biografía, el totalmente Otro en su trascendencia no tiene imagen
y toda imagen es idólatra y tiene que ser destruida.
“Cuando Israel era niño Yo lo amé” dice el profeta. En su cercanía, lo
experimentamos y lo invocamos como Padre.
El segundo milenio fue el Milenio de Jesucristo. Dios invisible se hizo visible
en Jesús de Nazaret. Acampó en este campamento de seres arrojados y
menesterosos.
El tercer milenio, el nuestro, es el Milenio del Espíritu. El de la
espiritualidad.
A la espiritualidad, más terapia que alta teología, le sobran los retablos
atiborrados de imágenes, monstruosa distracción, y los elementos electrónicos,
refugio del hombre conectado pero no vinculado.
La espiritualidad es el Palacio de la Mente, la pagana simplicidad, la serenidad
interior. Dentro de cada persona hay un monje necesitado de silencio y de
contemplación.
La espiritualidad no necesita el látigo del domador que señala peligros y ahorra
locuras y recomienda las recetas de siempre.
Los hombres digitales parecen haber acabado con la religión y con sus
profesionales.
La religión se puede acabar pero la búsqueda de sentido de la vida y la
profundidad del ser no se acabará. Dios no está en ninguna Summa Teológica, está
en la profundidad de ser..
“No se lo impidáis. El que no está contra nosotros está con nosotros”. Mc 9,38
En las puertas de muchas iglesias se puede leer el cartel que dice: TODOS
BIENVENIDOS.
Alguna vez, por raro que parezca, me han invitado a asistir a la sinagoga para
completar la necesaria Minyian.
Jesús reprocha a los suyos su espíritu de gueto, su mentalidad de funcionarios,
“le falta una póliza”. Vuelva mañana. Usted, “no es uno de los nuestros”.
Jesús no es de nadie, es de todos y para todos.
La espiritualidad es vinculación con una persona, con un mensaje, sin
mediaciones,”el que tenga sed que se acerque, que tome el agua de la vida
gratuitamente”.
En algunas librerías, un cartel te indica: “Religion is in the basement”, la
religión está en el sótano, en sentido literal y también metafórico.
Los libros para escribir una tesis doctoral están en el sótano, en armarios con
llave.
Los hombres, los que viven su humanidad cosida a la de los otros y a sus
problemas viven ajenos a las verdades innecesarias a la vida eterna.
La espiritualidad ronda las verdades sencillas pero fundamentales y obvias, ¿amo
y respeto a mis semejantes? ¿Trabajo y me esfuerzo por “arreglar” este mundo?
¿Son los más pequeños y los más necesitados objeto de mi preocupación y
responsabilidad?
La común humanidad es sufrimiento, exige servicio y compromiso y es más
importante que la común religiosidad.
La pequeña religión pierde clientes, es un dato estadístico, la espiritualidad
bajo mil disfraces gana adeptos.
Conectados con la tierra, los ecologistas han creado una mística que lucha por
preservar la creación de Dios, tarea de los hombres, espiritualidad y comunión
con el Creador.
“No se lo impidáis”. Todos leemos el mismo evangelio, pero donde unos leen
blanco otros leen negro.
Nadie tiene el monopolio del Espíritu. Alegrémonos de la pluralidad de formas de
servir y de dejarse guiar por el Espíritu.
No hay que hacer ningún Master in Divinity para fundar una ONG o para crear una
nueva espiritualidad, basta escuchar y dejar actuar al Espíritu Santo Hasta mi
humilde paseo es mucho más que un ejercicio físico, es un paseo espiritual: la
naturaleza es alabada, los cielos contemplados, el silencio saboreado, los
sentimientos edulcorados o amargos, oraciones musitadas… y los encuentros
inesperados rejuvenecedores.
Todos los que se dejan guiar por el Espíritu, etiquetas aparte, son de los
nuestros.