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La
cloche sonne à 11 heures y mi sacristana pleure. Ha pasado gran parte de su vida
en Francia y los domingos compartimos penas y fracasos en francés.
La
campana suena pero la iglesia sigue vacía. Mi sacristana, en su indignación
religiosa, exclama con el profeta Elías: “Quedo yo sola como profetisa y ardo de
celo por el Señor Dios del universo”. El día que yo muera nadie abrirá la
puerta, nadie la franqueará.
¿Está
justificado su pesimismo? Moi, aussi, j’ai envie de pleurer.
Mi
gente, la poca gente que aún queda por estos pagos son “gentes a quienes les
falta TODO, excepto algo que tienen en exceso: unos son un ojo lujurioso, otros
son un hocico que todo lo husmea, otros son una panza siempre por llenar, otros
son un chirimbolo siempre a punto, otros”…
Les
falta todo, lo esencial, “una cosa te falta”, “elegir la mejor parte”, la FE.
Entro
en la iglesia vacía, es un freezer.
Mi
gente, los paganos de estos pagos, no sólo vive como si Dios no existiera sino
que agarrada a lo que tienen en exceso no se dan cuenta de que les falta todo,
el TODO.
Los
Israelitas, en sus andanzas por el desierto, perdido Moisés entre truenos y
relámpagos en el Sinaí, le pidieron a Aarón: “Haznos un dios que vaya delante de
nosotros”. Y les dio el Becerro de Oro, nuevo dios, al que adoraron y ante el
cual danzaron.
A propósito,
el Becerro de Oro de la película Los Diez mandamientos de Cecil B DeMille,
subastado en Christie, valió quince mil dólares.
Mi gente, los
dioses vendidos o almacenados en los museos, se han quedado sin dioses.
“Vale
más adorar a dios bajo esta forma que bajo ninguna”.
La
palabra “dios” en la punta de la boca nos da cierta seguridad.
Los
hombres de hoy no necesitan que les fabriquen nuevos dioses o les prediquen
viejos dioses.
Los
hombres de los pagus, antaño fueron vestidos con prendas XL, muchos nunca se
sintieron a gusto y con el paso del tiempo se han revestido con nuevas ropas,
atrás queda el traje de las fiestas y de los domingos. Hoy hay que vestir casual
porque no hay que vestirse para ningún dios.
Los
hombres de estos pagos se han revestido de nuevos valores, se han convertido en
paganos.
El paganismo
está aquí para quedarse, digan lo que digan las encuestas, pero también es
cierto que “el viejo Dios revive, oh Zarathustra, digas tú lo que digas”.
El
Becerro de Oro, símbolo de todos los falsos ídolos, vive en todos los corazones.
Sólo somos monoteístas cuando proclamamos el Credo Nicenoconstantinopolitano,
pero son tanto los ídolos, las celebridades, las estatuas, las ideas…que atraen
muestran atención que nos derramamos en adoraciones y en alabanzas por doquier.
“Si
hubiera dioses ¿cómo toleraría yo no ser dios?”
Matemos
a nuestros dioses para que viva Dios, el que es, el eterno, el uno, el
incorpóreo, al único que debemos adorar.
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