Yo,
no consumidor de televisión, confieso que aquí, en Alphabet City, al final de la
jornada me entretengo un ratito viendo algunos “Innings” de baseball.
No soy seguidor de los Yankees, equipo de muchos jugadores famosos, Joe DiMaggio,
uno de los cinco maridos de Marilyn Monroe y Babe Ruth doce veces líder en
jonrones, Mickey Mantle... Yo, por razones extradeportivas, sintonizo más con
los Mets.
En mi zapear por los canales de televisión, son legión, son gran distracción,
tiempo malgastado doing nothing, ociosidad pecaminosa, he contemplado estos días
miles y miles de espectadores, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, niños de
pecho y niños desdentados, intoxicados durante 90 minutos de espíritu patriótico
en tierra extranjera.
Copa de Europa en la FOX y Copa de las Américas en español, “Vivimos Tu Pasión”.
En el campo, esos jugadores millonarios, ellos son los grandes hombres, los
santos del calendario dominical a los que hay que invocar y rezar.
Ronaldo, lágrimas amargas que apagan una estrella y sus 10 enanitos, Bellingham
acariciando sus pilas sobrecargadas, Mbappé, ansiedad tras una mascarilla negra,
Messi, omnipresente en la espalda de los hinchas, en el cartelón del Madison, en
comerciales, Y los “niños” de la ESO, jugadores infantiles e imberbes entre
hombres boludos…
La verdadera liturgia: cantos, éxtasis, abrazos, banderas, palabras bonitas,
juramentos solemnes, consignas coreadas, sin censura, sin excomuniones se
celebra en las gradas.
Hay más testosterona, más pasión y más sufrimiento en las gradas que en el
campo. Todo es pura comunión.
Estadios llenos, catedrales para celebrar lo que no sirve para nada, la
banalidad de la vida, misioneros del domingo futbolístico.
La religión, dicen, no produce nada, blessed inactivity, pero genera más
aburrimiento que pasión.
En la sociedad del entretenimiento lo que no sirve para nada convoca, celebra y
seduce a los seres humanos.
Las imágenes de las gradas, surtidores borboteando alegría, fijan mi memoria, me
trasladan a otras gradas carentes de éxtasis dominicales.
Los comentaristas, predicadores de la liturgia futbolística trasladan a sus
oyentes pasión pura y todos a una gritan a coro: GOL durante 120 segundos.