Llevo
ya unos años sin albergarme en el Monasterio Cisterciense de Santa María de
Huerta, mi hotel de cinco estrellas.
El claustro plateresco, rojizo a la puesta del sol, era mi rincón favorito, y
descifrar los capiteles oníricos, cincelados en piedra, se me antojaba
relajación placentera.
El Canto de las Completas, último Stop del día, con el canto de la Salve, la
última sonrisa del Abad y su última bendición, rociada con agua bendita, era el
envío al corto descanso hasta la hora de Maitines, las Vigilias.
Benditos tiempos, los móviles ausentes, los Usualis, los Breviarios, los libros
litúrgicos, eran nuestra concentración, gran bendición.
Yo no sé usar el Diurnal, lo lamento.
Desearía que alguno de los Priores, los Abades, los Provinciales…los CEOs de la
Vida Religiosa, más preocupados por el negocio y los negocios que por la misión,
se atreviera a prohibir el uso de los móviles en los pocos y breves momentos de
oración.
Suenan las notificaciones.
Suena el teléfono, interrupción mundana, para preguntar por el menú del día.
Mientras recito el salmo 23 aparece en la pantalla el resultado del futból o el
“Quiet, piggy” de Trump.
La oración, interrupciones humanas, no deseadas pero aceptadas y agradecidas,
transformada en información.
Me cuesta trabajo aceptar que nadie caiga en la cuenta de que los móviles,
maravillosos y útiles en el trajín de cada día, son enemigos del espíritu.
Los CEOs sí han caído en la cuenta de que los móviles sin datos son más
higiénicos, más sanos y más limpios, más baratos, pero la oración, lujo
innecesario, puede ser interrumpida por satanás o por cualquiera de sus muchos
secuaces.
“La pérdida del silencio no solo provoca la crisis de la religión sino también
la crisis del espíritu, esto es, una crisis del pensamiento y de la poesía”.
Byung-Chul Han