“Nunca
está nadie más activo que cuando no hace nada, nunca está menos solo que cuando
está consigo mismo”.
Bienaventurados los que tienen hijos porque ellos heredarán la tierra.
Ay de los que no tienen hijos porque tendrán aflicción, llanto y soledad.
No engendrar hijos es uno de los signos de nuestro tiempo.
Los ciudadanos cuanto más religiosos, más hijos tienen y cuanto más paganizados
menos hijos engendran.
El mandato del Señor: “Creced, multiplicaos y llenad la tierra” no se escucha en
el tsunami de la comunicación digital, puro ruido. La droga digital es el Kempis
de los hombres de hoy.
Los jubilados, más salpicados por la sabiduría de Catón que por las
bienaventuranzas y malaventuranzas eternas, crecimos en la sociedad de la
obediencia a la procreación, del deber, de las prohibiciones, de la vida
reglamentada, de la voz del púlpito tonante…
Las iglesias fueron el Mall, las grandes superficies donde nos congregábamos los
domingos y fiestas de guardar bajo la mirada de un Dios, versión A.T., severo y
justiciero. Idas y venidas al confesionario para bisbisear nuestra pornografía
light.
Aún miramos hacia atrás y se nos escapa más de un reproche a la nueva sociedad
en la que vivimos como en tierra extranjera, en la que todo está permitido, todo
es O.K., todo se publica y se comunica, todos se desnudan y confiesan en
Facebook y todos clickean “Me Gusta”, nuestro Amén digital.
Los jubilados, descartados a medias, llenan las calles, se apuntan a los
cruceros y a los viajes del Imserso,hacen turismo de catedrales, recorren el
Camino de Santiago, sueñan con escalar un Ochomil, encuentran nuevos amores y
los que tienen un nieto lo miman y estropean.
Son de ayer, pero se han ajustado a las costumbres y modas del mundo presente,
secularizados, han perdido el barnizado de la religión recibida, más impuesta
que aceptada.
Son expertos en Google Maps y curiosean, viejos verdes, pornografía.
“Tienen a su favor que aborrecen las obras de los nicolaitas”.
Las visitas al Centro de Salud, justas y necesarias, son parte de su rutina
vital.
Los Frailes y las Monjas, huéspedes del Planeta Célibe, sin tálamo nupcial, sin
mujer y sin hijos, genealogía corta, son descartados totales.
“Recessus a mundo ad impensiorem in solitudine orationis vitam agendam nihil
aliud est quam modus quidam peculiaris vivendi”...
Supervivientes, “demasiado muertos para vivir y demasiado vivos para morir”, la
sociedad no los necesita, -recessus a mundo- y no los reclama, intramuros, -modus
quidam peculiaris vivendi,- la vida bebida a sorbitos y con total paz, nadie
sabe de su existencia, sin más turbulencias que las de la artrosis y las de la
próstata y las impertinencias del superior y la penitencia de la vida común,
descomunal esfuerzo por prolongarla por todos los medios. Descarte, anonimato
total.
Los placeres de la edad tardía, breviario de la supervivencia. Maduros para
morir, negando su contingencia, se consideran necesarios e invocan más a la
diosa Salud que a San José, patrono de la buena muerte.
Releer los clásicos, sí, pero con los ojos puestos en el fisioterapeuta y la
terapia, últimos capítulos del libro de espiritualidad de los descartados.