“Este
mundo puede quitarnos todo, puede prohibirnos todo, pero no está en el poder de
nadie impedir nuestra abolición”.
Cioran Yo quiero que el final, mi final, sea mío.
Más de una vez, en el Mount Sinai Hospital, he mirado con gran respeto y total
impotencia a un enfermo intubado y acosado técnicamente por cables y máquinas
que no hablan, que no sienten, que simulan vida pero predican muerte.
A mi lado sus hijos, juntos oramos, ungimos y pedimos a Dios lo imposible.
Sabemos bien que Dios no hace milagros, que respeta las leyes de la naturaleza y
quiere que se cumplan.
Padre, ¿podemos liberarlo para que experimente su muerte y sea él quien expire y
no la máquina?
Sí, tengan paz y pidan a sus guardianes su liberación total.
Ya no quedan razones para quedarse. Papá Dios está esperando en la puerta de
salida.
Game over. Árbitro, ahórranos los minutos basura. La única decisión que no hemos
tomado es la de nacer. Unos, como Job, maldicen su día diciendo: “Muera el día
en que nací, la noche”... otros, más afortunados, no nos cansamos de celebrar
nuestro día.
La vida, aplausos e insultos, alegrías y lágrimas, amores y olvidos, fe más
camuflaje que verdadera, es la suma de nuestras decisiones.
La muerte no es una decisión más, es la gran decisión, la última decisión, la
mía, no la de la Asamblea Nacional o del Senado de la República.
No es la decisión de ningún legislador. La compasión más que una virtud es
conmiseración lastimera.
Los espectadores, mirones de lujo, ni quieren ni pueden cargar con el dolor del
otro, pero sí pueden y deben, protocolo de lo último, ofrecer una fingida
compasión.
La compasión, más comedia que tragedia, se expresa con palabras vacías y gestos
torpes y alcanza su apogeo en el último y remendado sermón.
¿Puede la compasión validar y hasta santificar la última decisión?
La gente acepta la muerte sin más, no la acoge, no la piensa, no la pide, el
reloj biológico, el calendario, el corazón y sus corazonadas, la ambulancia, el
silencio…tienen la última palabra, son dueños de la última decisión.
No tienen poder, rebeldía inútil, frente a la vida biológica.
STOP. DEAD END. Pero hay personas para quienes la vida espiritual, la del alma,
más verdadera, por ser eterna, que la del cuerpo, 77 kilos de carne, la acogen,
la piensan, la dialogan con su Creador, Papá Dios, y la piden y la exigen.
Hay que estar verdaderamente maduro para con total libertad tomar la última
decisión, la de morir. Dios mi eutanasia total.
“Yo sé que mi Goel vive”, Job no es un Enkidu cualquiera en busca de la
inmortalidad, su viaje, sin necesidad de contraseñas, termina en los brazos del
que vive más allá del tiempo.
“Todo cuando llega a la perfección, todo cuanto ha madurado -!quiere morir!