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“Mi
misión consiste en matar el tiempo y la de éste en matarme a mí. Entre asesinos
nos llevamos de perlas”. Ciorán
Tenemos miedo
al vacío, un tiempo muerto, una página en blanco, una agenda sin compromisos, un
domingo que soportar. Matar el aburrimiento.
Los domingos
tradicionalmente llenos de aburrimiento sagrado, ir al templo vestido de fiesta,
ver y dejarse ver era una manera inocente de matar el tiempo y sublimar el tedio
dominical. Esta actividad ayer generalizada y compartida por la mayoría de los
españoles, hoy, se reduce a un puñado de nonagenarias aburridas que acuden al
restaurante cristiano sin hacer reserva y con pocas ganas de escuchar y de
comer.
Yo, a veces,
les preparo un cóctel afrodisíaco, sex on the beach, y me dejan anónimos en el
ambón. “Cura idiota, qué tonto eres, no hemos venido a la iglesia a que nos
hagas reír sino a aburrirnos. Le voy a denunciar mañana al obispo”.
Domingo, día
dedicado al Dominus, al Señor, palabra que, bien pensado, resulta anacrónica, en
una sociedad en la que el yo, plaga moderna, es el único Señor. Habría que
inventar un nombre nuevo que se adecue mejor al día más secular de la semana y a
las nuevas actividades que los hombres llevan a cabo ese nuevo día para
olvidarse de sí mismos y matar el aburrimiento.
El domingo,
sagrado o secular, hereda del sábado judío la primera ley social de la
humanidad, la del descanso para hombres y animales, para esclavos y libres. Día
en que por razones religiosas podemos objetar a la ley del trabajo para poder
cumplir el mandamiento del descanso, santificar el viernes, los musulmanes, el
sábado, los judíos o el domingo, los cristianos.. Día en que debemos reconciliar
la vida familiar y profesional.
El domingo,
sagrado o secular, debería ser -como las especies protegidas- un día protegido
por la Constitución como lo es en Alemania y en Austria. Día de descanso, de
dolce far niente, día del santo aburrimiento.
Hace unas
semanas en Duncan, Oklahoma, tres jóvenes dispararon unos cuantos tiros y
mataron a Christopher Lane. La única explicación que dieron estos jóvenes fue:
estábamos aburridos y buscamos un poco de excitación”.
El
aburrimiento es una invitación a pecar, a matar, a pensar y también a crear. Los
hombres al fin y al cabo somos fruto del aburrimiento creador de los dioses.
Hay que educar
para el aburrimiento, la acedia del alma.
“La teología
distingue la gloria esencial de la gloria accidental. Nosotros sólo conocemos y
entendemos la segunda. Pero sólo la otra importa”. Ciorán
Los hombres
necesitamos un día de descanso para aburrirnos pasando revista a los familiares
ausentes, para aburrirnos leyendo a Murakami, para liberarnos del aburrimiento
de las compras, y del aburrimiento de nuestra propia compañía.
Cerrado por
descanso dominical, ¿Llegará el día en que todo esté cerrado? Los estadios de
fútbol, templos de los orgasmos múltiples ciertamente no pueden cerrar. Ahorran
a los hombres tantas horas de aburrimiento los domingos y el día después.
La gloria
accidental, la del gol, la de los héroes pigmeos cuyas hazañas son narradas por
los predicadores de la Ser y de la Cope durante horas sin fin, esa es la gloria
que entendemos y celebramos los domingos. Los diez minutos del cura a una
asamblea cada día más adelgazada son más tortura que excitación, son más
aburrimiento necesario que despertar gozoso.
De la ciudad
aburrida y gris en la que todo estaba cerrado los domingos –menos las iglesias-
hemos pasado a la ciudad abierta, consumista y bullanguera, pero no por eso
menos aburrida.
En los
estadios de fútbol los hijos de las brujas blasfeman, insultan, se cagan en
todo, ventilan su frustración y matan el aburrimiento de la semana. Ni una
palabra sabia ni creadora.
Sólo en el
silencio aburrido del escritorio del pensador o en el laboratorio del científico
o en el aburrimiento programado y exigido por la regla del monasterio nace la
obra de arte, se estremece el misterio y brota la salvación.
El tedio de
existir no se cura con más entretenimiento y más diversión sino con menos,
mejor, sin nada.
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