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El Vicio del Yo

P. Félix Jiménez Tutor, escolapio.....

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Propio de los conversos es un justo y necesario fanatismo. Circuncidado el corazón, abrazan la fe con tanta radicalidad que, a nosotros los rutinizados con nuestros amenes y padrenuestros, nos escandalizan con sus palabras y su conducta.

Los conversos, los que de verdad han probado lo mejor, el mejor, queman los inesenciales de la religión y se quedan con lo esencial.

La tentación secular de la Iglesia es ser sponsor de devociones, calderilla espiritual, y olvidarse de la Gran Devoción.

“Caí a sus pies para adorarlo, pero me dijo: No lo hagas. Soy un servidor tuyo y de tus hermanos. A DIOS has de adorar”.

Los conversos de verdad no están en la mundanidad de FaceBook, no necesitan, como las celebridades, publicitar su YO y sus actos heroicos y sus poses efímeras, duran menos de 24 horas en la red, para existir.

Los nacidos ya católicos somos aburridos, nos falta el fuego y el “celo” de los conversos y la elocuencia de los Black Preachers.

No hay manera de evitar la contaminación atmosférica, social, libresca, digital, ni la del YO, somos parte del “enjambre” humano.

Pablo dejó de ser Saulo, dejó su YO judío, el único converso sin humana mediación y abrazó un YO nuevo que arde de “celo”, -”porque en nada soy inferior a esos superapóstoles”- por las cosas de Jesucristo. Sí, un YO muy nuevo, pero, como todo lo humano, salpicado por el pequeño “yo”.

¿Cuán contaminados estamos?
¿Cuánta contaminación podemos absorber sin perder nuestra identidad?

Chesterton, ilustre converso, hizo más por la defensa de la fe y de la Iglesia Católica en la Inglaterra Anglicana con su pluma que San Jorge con su lanza oxidada e inesencial.

En uno de sus largos artículos encontré una afirmación que nunca he olvidado: “If I had only one sermon to preach”... “Si tuviera que predicar un solo sermón, sería un sermón contra el orgullo. El orgullo es un veneno tan venenoso que no sólo envenena las virtudes, también envenena los otros vicios. Y seguro que esa comunidad no me invitaría a predicar otro sermón”.

“El tú es más antiguo que el yo, el tú ha sido santificado, pero el yo, todavía no; por eso el hombre corre hacia el prójimo”.
En la sociedad nietzscheana, post cristiana, secularizada, perdido el tú, exaltamos, santificamos y optimizamos el YO.

YO autónomo, YO, selfi vestido o desnudo, YO, surtidor que lanza su chorro de agua al cielo para que ritualmente purifique y glorifique mi YO, único e inmortal.

Del tú ignorado y menospreciado, cara oculta del otro, nos hemos quedado con el “ Y YO más”.

“Hasta las nueces vacías quieren ser cascadas” dice Zaratustra.

En las conversaciones, en las santas y en las insustanciales, el YO es el sazón indispensable, sin el cual se amustian y mueren.

Cada vez que tengo que emplear el YO, seísmo interior, siento una leve sacudida, amenaza de pescado de orgullo, gotita de veneno que me hace enrojecer y pide silencio.

Otros, gozosos en la peana del YO siempre creciente, necesitan admiración y adoración. Hasta cuando dicen “YO confieso” sienten corrientes de placer.

“Nada me interesa menos que YO mismo”, humilde confesión de Luis Mateo Díez en la Universidad de Alcalá el día que recibió el Premio Cervantes.

Si conjugáramos más el Tú y el Nosotros la sociedad sería más amable, más justa y hasta más cristiana.

“If I had only one sermon to preach”...