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El Día
Séptimo, el Shabat, según el profeta Isaías, “es mi delicia”. El Sábado bíblico
es mucho más que el día del no trabajo, el día de descanso. El Shabat “es mi
delicia” espiritual, día gozoso dedicado al estudio de la Torah y “es mi
delicia” carnal. En el plácido descanso, liberados de la presión mundana y
laboral, el esposo puede abrir la puerta del jardín secreto y con el Cantar de
los Cantares susurrar a su esposa: “Bésame con los besos de tu boca, que mejor
que el vino son tus amores”. El Shabat es por añadidura el día del amor carnal.
Los
cristianos, agradecidos a la Torah por esta gran herencia recibida, lo hemos
transformado y trasladado al Día Octavo, el domingo. Pero el domingo tal como lo
conocimos los mayores de sesenta años ya no existe.
Endomingados,
asistíamos a la misa de doce y oíamos, fuera el que fuera el texto bíblico
proclamado, siempre el mismo sermón sobre los mismos pecados.
Nadie
“caía en éxtasis el Día del Señor” como cayó Juan de Patmos. Los hombres de mi
pueblo a la hora del sermón salían al gran atrio del templo a fumar mientras el
cura entonaba la letanía de los pecados de siempre. Habíamos prendido una vela a
Dios. Misión cumplida.
Por la
tarde, en el baile, se prendía una vela al diablo, en esos calentones inocentes
e inevitables que produce la madre naturaleza, y que el puritanismo social y
eclesial reprimían y castigaban.
El
domingo era una obligación y sigue siéndolo para los jubilados que aún acuden al
templo, no una opción.
Hoy, el
domingo no enciende velas a nadie, es el día más secular de la semana, el día
más aburrido y el más solitario.
El
domingo "es mi delicia" no evoca nada. Domingo es una palabra que ha caído en
desuso. Ahora se habla del weekend. Este weekend nos vamos a Soria a coger
setas, nos vamos a una casa rural a hacer senderismo, tenemos un weekend
gastronómico y visitaremos unas bodegas...este weekend iremos a Madrid a ver el
futból al Bernabeu, nuestra catedral dominical. Otros muchos viven el weekend en
casa, la sala de estar, convertida en minicines, en sala de juegos y en estadio
de futból gracias a la televisión, ya no necesitan nada ni a nadie.
El
futból, esta nueva y cósmica religión, es el opio del pueblo. En ningún templo
ni siquiera el más gospel o pentecostal se vive la religión con tanta pasión y
excitación como en un estadio de futból, catedral del éxtasis, de la gloria, de
los conjuros y de las lágrimas.
En el
estadio están presente todos los elementos de una solemne liturgia religiosa,
sólo falta Dios.
Dios es
innecesario. Dios pudo crear el mundo, pero los hombres crearon el futból.
¿Quién
necesita a Dios cuando ves, tocas y escuchas en vivo a 22 dioses que braman, se
besan, se abrazan y son tan parecidos a sus adoradores?
El
futból hasta tiene sus mártires, esos seguidores fieles que viven el gran
éxtasis al dar su vida por sus colores. Y es que al futból le faltaba la sangre
derramada para ser una verdadera religión. Y esos herejes, matones a sueldo, son
también excomulgados como cualquier hereje de las grandes religiones.
Un
estadio medio vacío es una religión exorcizada. Exorcismo para echar al demonio
más peligroso, el de la violencia.
Los
niños no se bautizan, pero son socios y visten desde el día uno de su existencia
los colores del equipo, de su nueva religión.
Las
iglesias se vacían, los estadios se llenan y celebran liturgias vibrantes,
llenas de vida y de comuniones fraternas.
Los
feligreses del futból no van a ver un partido, van a un culto, a vivir una
experiencia única, el gran estallido, el orgasmo del gol, el gran Amén de la
asamblea más extática de la tierra.
El
futból es la religión de los que pasan de toda religión.
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