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Volvía
yo a casa por la Ronda de Boltaña gimoteando porque mis erecciones físicas,
espirituales, teológicas y literarias parecían cosa del pasado. Quería escribir,
emborronar papeles por puro entretenimiento, pero no podía, la sangre congelada,
impotencia total.
Señor,
please, you know I love you, dame una palabra, una, solo una y yo la sazonaré.
Y me
dio una palabra: CEMENTERIO.
Si yo
pudiera revivir el pasado cuando el P. Saturnino Muruzábal, hombre sabio y
santo, olvidado y nunca cantado, -no entiendo el empeño idólatra de fabricar
santos que rivalizan con El Tú Solo Santo y luego se mencionan menos y nos
enseñan menos que Padilla, Bravo y Maldonado-, nos reunía a todos los juniores
en el gran salón y nos daba una palabra -BALDOSA- para que jugáramos con ella, y
la imaginación de mis compañeros, la sangre congelada, incapaz de erecciones, se
quedaba en blanco y entregaban la cuartilla inmaculada, yo veía en la BALDOSA
una escena idílica, una escena de amor.
Y el
Maestro, sorprendido, reía el mundano atrevimiento.
El
Libro de Job, fruto de la loca apuesta entre Dios y el satán, es el drama del
ser humano. Todos somos Job.
Dios es
un libro en blanco, Dios no habla. Job calló durante siete días y sus tres
amigos, venidos de lejos, hicieron también silencio durante siete días y siete
noches, pero cuando iniciaron la conversación más literaria y más teológica y
más acusadora de toda la Biblia, las palabras brotaron sin puntos ni comas, con
preguntas y exclamaciones, con tonos agudos y graves, con grandes reproches y
mayores exageraciones, océano verbal en el que me sumerjo casi diariamente y que
me ha dado la palabra CITA EN EL CEMENTERIO.
“El
hombre se acuesta y no se levanta, “Yo sé que me devuelves a la muerte,
se acabarán los cielos y no despertará donde todos los vivos se dan cita”.
nadie lo espabilará de su sueño”. Job 14,12 Job 30,23
“HOY ME
QUEJO Y ME REBELO”, y no quiero citas en el Cementerio, mi cita es con el que me
acobarda y terroriza, el Todopoderoso..
A pesar
de nuestras rebeliones, el planeta tierra es un gran Cementerio, caminamos, sin
saberlo, sobre las tumbas de hombres y mujeres que murieron y no fueron felices.
Los
Cementerios, convertidos hoy en lugares de peregrinación y en parques temáticos,
son ignorados ceniceros.
El
alma, según la mística de la Kabbalah, tiene tres partes: el alma física que
habita en la tumba, el alma emocional que habita con Dios en el Jardín del Edén
y el alma transcendente, chispa divina, llamada a disolverse en Dios.
La
práctica de visitar el Cementerio es una acupuntura espiritual ya que el alma
física está ahí, en la tumba, y está conectada con las otras dos partes. La
oración en el Cementerio ayuda al alma transcendente a disolverse y fusionarse
con su Creador y al mismo tiempo se convierte en algo más que una visita
emocional, se convierte en algo que tiene un gran significado para el que está
de luto y para el alma total.
“Sólo
donde hay sepulcros hay resurrección”.
“Yo soy
de hoy y de antes, pero hay algo dentro de mí que es de mañana y de pasado
mañana y del futuro”. Viva El Cementerio, el mejor libro de autoayuda, de los
muertos que están vivos.
Los
hombres producimos todo tipo de objetos y utensilios, unos necesarios y otros
superfluos. Ninguno es duradero, todos desechables, todos destinados a apilarse
en Cementerios especializados: Cementerio de residuos nucleares, de coches, de
chatarra espacial, de mascotas, de tesis doctorales que a nadie interesan porque
re-dicen y mal-dicen lo que ya se viene re-diciendo y reciclando generación tras
generación, de informes, ideas y programas, excrementos perfumados, elaborados
por los influyentes y reaccionarios Think Tanks, al servicio del poder, sobre la
“fórmula de la felicidad y la infelicidad”, sobre “la política cultural de las
emociones y el funcionamiento de las economías afectivas”... y hasta los
Escolapios, subidos al carro de la postmodernidad más moderna, tienen un Think
Tank. No sé en qué mail box dejan caer sus sabios excrementos, perfumados con
Calvin Klein, y no sé quién es su destinatario y no sé cuántas deposiciones han
hecho en estos últimos años. No he sentido aún su perfume.
El
confesionario, hermano que confiesas o te confiesas, ¿lo has pensado alguna vez?
es el cementerio de los católicos, en él se llora, se ríe, se escuchan palabras
sabias y silencios que duelen, se hacen promesas de no volver, pero siempre se
vuelve. Los católicos de los cuatro puntos cardinales de la tierra van a
enterrar en él los pecados, los pequeños y los grandes, la lujuria de los oídos
y la lujuria de los ojos, que como el mar, nunca se llena y nunca dice basta.
La
palabra, el mejor regalo con el que Dios nos bendijo y agració, lo único que nos
distingue de los demás seres vivos, dicen que hasta las palabras pierden su
lustre, su virilidad, su sonoridad y su utilidad y son desterradas y enterradas
en el Cementerio del olvido.
La
sociedad cuanto más civilizada tantos más Cementerios tiene que inaugurar.
Yo
estoy convencido de que en este país que “se caga en todo lo divino y lo
humano”, estas expresiones no irán nunca al Cementerio de las palabras.
La
Buena Noticia es que Dios no produce basura y no necesita Cementerios. Dios
premia a los buenos con una nueva vida y las almas de los malos, según
Maimónides, no van a ningún Cementerio, simplemente, reciben el más cruel de
todos los castigos, dejan de existir.
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