HOMILÍA DOMINICAL - CICLO B

  Fiesta de la Sagrada Familia

P. Félix Jiménez Tutor, escolapio ...

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 Escritura:

Eclesiástico 3, 2-6.12-14; Hebreos 11, 8.11-12.17-19;
Lucas 2, 22-40

EVANGELIO

Cuando llegó el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén, para presentarlo al Señor (de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: "Todo primogénito varón será consagrado al Señor") y para entregar la oblación (como dice la ley del Señor. "Un par de tórtolas o dos pichones")

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre honrado y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu Santo, fue al templo.

Cuando entraban con el niño Jesús sus padres (para cumplir con él lo previsto por la ley) Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:

"Ahora Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo, Israel".

José y María, la madre de Jesús, estaban admirados por lo que se decía del niño.

Simeón los bendijo diciendo a María, su madre: Mira: Éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida; así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te atravesará el alma.

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana: de jovencita había vivido siete años casada, y llevaba ochenta y cuatro de viuda; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel.

Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.

El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría: y la gracia de Dios lo acompañaba.

 

HOMILÍA

La bolsa de las medicinas.

Cuando nacía un niño en una familia india, recibía un regalo muy especial. El padre hacía una bolsita de cuero, era la bolsa de las medicinas del hijo.

La madre metía dos cosas en la bolsita y el padre ponía otras dos. Se la entregaban al hijo y éste la guardaba en un lugar especial. Cuando moría la bolsa de las medicinas era también enterrada con él.

Cuando los niños eran capaces de comprender, los padres les decían lo que habían puesto en la bolsa.

La madre siempre ponía un poco de tierra y un trozo de cordón umbilical para hacerles recordar a sus hijos que venían de la tierra y de una familia y que nadie se da la vida a si mismo.

El padre ponía una pluma de ave que había quemado un poco y la mezclaba con las cosas de la madre.

La pluma del pájaro simboliza el vuelo y cada uno tiene que encontrar su lugar en el mundo.

Ninguno sabía nunca cuál era la segunda cosa que el padre había puesto. Los hijos intentaban adivinarlo pero nunca se lo decían. Era un secreto. Y este secreto representa el misterio de la vida. Y el centro de todos los misterios es Dios. Es un hermoso regalo, un símbolo, que nos hace pensar y nos vincula a una tierra, a una familia y a Dios.

Todos los domingos tenemos una cita con el primer Amor. Y nuestra presencia en el templo es nuestra respuesta a Dios.

La Palabra y la predicación intentan sintonizar nuestro dial con el dial del Amor. Los ruidos y las interferencias del corazón nos hacen perder la sintonía.

La Palabra que ilumina todas las facetas de nuestro vivir, en esta fiesta de la Sagrada Familia, nos habla, hoy, del segundo amor:

Del encuentro carnal y espiritual del hombre y la mujer, de la necesidad imperiosa que el hombre siente de salir de si mismo y a través de la sexualidad trascenderse en el amor a los hijos y en la sociedad.

Nadie escapa a la mirada de Dios, ni siquiera nuestras emociones y deseos más profundos.

Cuentan que el emperador Conrado había asediado la ciudad del duque de Baviera.

El asedio se prolongaba y los víveres escaseaban. El emperador decidió dejar salir a todas las mujeres. Les permitió llevarse consigo sólo una cosa, la más preciosa.

Cuando las puertas se abrieron para dejarlas salir, cada una de ellas llevaba cargada a sus espaldas a su marido.

¿Qué se habría llevado usted? ¿A su marido?

Olvidemos lo que ustedes habrían hecho.

Olvidemos cómo ven nuestros ojos esta realidad.

Olvidemos lo que observamos en nuestra sociedad.

Olvidemos lo que dijo Moisés y todos los legisladores que vinieron después.

Centrémonos en lo que dice Jesús. ¿Con qué ojos ve Jesús el amor y nuestros amores?

Como lo ve todo, con los ojos de Dios.

¿A qué legislador mira Jesús? Para él sólo hay una autoridad, un legislador, Dios Creador.

"Al principio de la creación Dios creó hombre y mujer". Jesús recuerda a los fariseos y a nosotros el proyecto de Dios, su voluntad creacional. Y nos recuerda también nuestra insensibilidad a la Palabra y a su voluntad.

Una carne, una unión, un amor, una familia, una fidelidad y una felicidad.

En el principio, y en el hoy, Dios tuvo y tiene un proyecto para el hombre:

  • señor de la creación

  • no condenado a la soledad sino destinado a vivir en sociedad

  • hombre y mujer, misma dignidad, hijos de Dios

  • la unión del hombre y la mujer más profunda, más íntima, más creadora, más gozosa..."y serán los dos una sola carne".

En el principio Dios, como todos los soñadores, soñó con la obra perfecta y creó el hombre poco inferior a los ángeles y le dio la capacidad de amar, es decir, de salir de si mismo al encuentro y plenitud en el otro, que sólo el otro puede dar y la necesidad de ser amado.

En el principio fue el amor. Existimos desde el amor. Sólo el amor es creador, dador de vida y felicidad. En el principio era el amor y el amor es Dios.

¿Han contemplado alguna vez el nacimiento de un río? Agua limpia, fresca, juguetona. A medida que el río viaja, ¡cuánta suciedad!

¿Recuerda el principio de su primer amor? Suéñelo otra vez. Dios estaba en ese primer amor.

¿Recuerda su primer te quiero? Dios estaba ahí también.

¿Recuerda el día de su boda y su primer sí y su primera vez? Dios también quería estar ahí.

¿Recuerda el nacimiento de su primer hijo? Fue el primer regalo de Dios.

¿Recuerda su primera infidelidad? Dios no quería estar ahí.

¿Recuerda cuando las aguas empezaron a enturbiarse? Dios siempre las quiere purificar.

En el principio no era así.

Jesús vino a recordarnos el principio de la creación, del amor, de la fidelidad...el proyecto de Dios.

La autoridad de Dios está por encima de todas las autoridades que promueven el aborto, el amor sin cruz, el amor pasión inútil que se apaga y se agota en una noche, la pornografía que incita a los jóvenes al goce rápido y ansioso sin esperas ni barreras.

Jesús vino a recordarnos que sólo Dios es Dios y que no debemos ser idólatras porque somos suyos.

Jesús vino para recordarnos que el matrimonio es una alianza santa y sagrada y que no podemos vivir en la idolatría del sexo, en el adulterio, el incumplimiento de la palabra dada, la debilidad de la carne, el comercio sin reglas, la idolatría barata, el pecado...

Jesús vino para recordarnos que sólo con Él y con su poder y su presencia en nuestra vida podemos vivir sin idolatrar nada ni nadie.