HOMILÍA DOMINICAL - CICLO A

  Quinto Domingo de Cuaresma

P. Félix Jiménez Tutor, escolapio

   

 

 Escritura:

Ezequiel 37, 12-14; Romanos 8, 8-11;
Juan 11, 1-45

EVANGELIO

En aquel tiempo, un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. (María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera: el enfermo era su hermano Lázaro).

Las hermanas le mandaron recado a Jesús, diciendo:

Señor, tu amigo está enfermo.

Jesús, al oírlo, dijo: -Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.

Sólo entonces dice a sus discípulos: -Vamos otra vez a Judea.

Los discípulos le replican: -Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí?

Jesús contestó: -¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz.

Dicho esto añadió: -Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo.

Entonces le dijeron sus discípulos: -Señor, si duerme, se salvará.

(Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural).

Entonces Jesús les replicó claramente: -Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa.

Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: -Vamos también nosotros, y muramos con él.

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el péame por su hermano.

Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: -Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.

Jesús le dijo: -Tu hermano resucitará.

Marta respondió: -Sé que resucitará en la resurrección del último día.

Jesús le dice: -Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?

Ella le contestó: -Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.

Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: -El Maestro está ahí, y te llama.

Apenas lo oyó, se levantó y salió a donde estaba él: porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía de prisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María a donde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: -Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.

Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y muy conmovido, preguntó: -¿Dónde lo habéis enterrado?

Le contestaron: -Señor, ven a verlo.

Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: -¡Cómo lo quería!

Pero algunos dijeron: -Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?

Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba. (Era una cavidad cubierta con una losa). Dijo Jesús: -Quitad la losa.

Marta, la hermana del muerto, le dijo: -Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.

Jesús le dijo: -¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?

Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: -Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea para que crean que tú me has enviado. Y dicho esto, gritó con voz potente:

-Lázaro, ven afuera.

El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:

-Desatadlo y dejadlo andar.

Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

HOMILÍA 1

Una serpiente mordió a un muchacho y murió. El veneno le quitó la vida y sus apenados padres llevaron su cuerpo al sacerdote y lo colocaron delante de él.

Los tres sentados alrededor de su cuerpo lloraron durante largo rato.

El padre se levantó, se inclinó sobre su hijo y con sus manos extendidas sobre los pies del niño dijo: durante toda mi vida no he trabajado por mi familia como era ni deber. Y el veneno abandonó los pies del muchacho.

La madre se levantó después y extendiendo sus manos sobre el corazón de su hijo dijo: durante toda mi vida no he amado a mi familia como era mi deber. Y el veneno abandonó el corazón del muchacho.

Finalmente se levantó el sacerdote y extendiendo sus manos sobre la cabeza del niño dijo: durante toda mi vida no he creído en las palabras que he predicado. Y el veneno abandonó la cabeza del muchacho.

El muchacho se levantó, los padres y el sacerdote se levantaron y hubo gran alegría en el pueblo aquel día.

El veneno en este cuento es símbolo del pecado. Reconocer y llorar nuestro pecado es arrojar el veneno y recuperar la vida.

El domingo pasado preguntábamos: ¿acaso no hay ningún ciego entre nosotros?

Hoy preguntamos: ¿acaso no hay ningún muerto entre nosotros? La muerte que produce el pecado es tan verdadera como la que certifican los médicos. Por eso nosotros necesitamos acudir a la cita con el Señor de la vida, con Jesucristo.

Hoy, en los hospitales, los corazones son transplantados y arreglados como si de un carro se tratara. Y hay personas que han vivido la experiencia de la muerte física, que han pisado el umbral de la muerte y han vuelto a la vida.

Life after the miracle. La vida después del milagro. Estas personas ya no ven ni viven la vida como antes. Ahora saben distinguir entre lo importante y lo secundario, lo que vale y lo que no vale. Lo que es bueno y lo que es veneno.

Nosotros los bautizados estamos llamados a ver con la luz de Cristo.

Nosotros los bautizados hemos muerto con Cristo y tenemos su vida. En Cristo no hay ni pecado ni muerte.

Nosotros, los bautizados, hemos bebido el agua de la vida, hemos recibido la luz de Cristo y hemos nacido a la vida del Espíritu.

Somos los hijos de Dios, sellados con el sello del Espíritu para el día de la resurrección.

Nosotros vivimos también la vida después del milagro, después del bautismo.

San Juan, en su evangelio, no nos quiere enseñar lo que dijo Jesús. Juan nos quiere enseñar quién es Jesús.

Jesús es el agua viva.

Jesús es la luz del mundo.

Jesús es la resurrección y la vida, el que cree en mí aunque muera, vivirá y el que viva y crea en mí no morirá para siempre.

Jesús es el amigo de Lázaro, de Marta y de María.

Jesús es el amigo que llora la muerte de su amigo.

Dicen que no se descansa en una silla sino en el amigo.

El domingo es el día del amigo. Venimos a descansar en él, a traerle el peso de nuestra vida: una oración por nuestros seres queridos, un problema que nos ahoga, un hijo que nos preocupa, una enfermedad que nos mata, un trabajo que nos esclaviza, un vicio que nos domina, un matrimonio que no funciona, una fe que se apaga…

Y Jesús llora por Lázaro y llora también contigo. Y extiende sus manos sobre tus pies, tu corazón y tu cabeza y te quita el veneno del pecado.

El profeta Ezequiel decía en la primera lectura "Yo abriré vuestras tumbas yo os sacaré de ellas y os llevaré a la tierra de Israel".

Jesús ante la tumba de su amigo Lázaro gritó: "Sal fuera, Lázaro".

Hermanos, el Señor nos dice hoy:

"Yo soy la resurrección y la vida". En la víspera de su muerte, Jesús proclama el evangelio de la vida y se define como Señor de la vida.

Y a ti te dice hoy: sal fuera del sepulcro de la rutina, de la desesperación, de la tristeza, del miedo, de la violencia, de la soledad…

Sal fuera. Yo he venido para desatarte de tus ataduras de la muerte y del pecado.

Yo he venido para que tengas vida en abundancia hoy, mañana y siempre.

Yo he venido para sacarte de la tumba del sida, de la tumba del vicio y colocarte en el país de la vida.

Sal fuera. Sin miedos, sé testigo de la vida en medio de tus hermanos.

Si todos nosotros saliéramos de nuestras tumbas, de nuestro aislamiento, de nuestra indiferencia y camináramos juntos en el Señor, seríamos una gran luz y una fuente de vida para nuestro barrio.

Sal fuera. Vive una vida de resucitado.

Termina el evangelio diciendo que muchos judíos que habían visto lo que Jesús hizo creyeron en él. Estos son los creyentes después del milagro.

Pero hay creyentes que no necesitan milagros porque les basta la palabra del amigo y su fe hace milagros. Esos creyentes tenemos que ser nosotros. Nosotros los signos de Dios en un mundo sin Dios.

HOMILÍA 2

JESÚS LLORÓ

Antes de salir de la habitación, un paciente le preguntó al médico: “Doctor, tengo miedo a morir. Dígame lo que hay al otro lado”. El médico le dijo que no lo sabía.

Usted, un hombre cristiano, ¿no sabe lo que hay al otro lado?

El médico tenía el pomo de la puerta en la mano, del otro lado de la puerta venía el sonido de los gemidos y patadas de un perro. Cuando abrió la puerta de un salto se plantó en medio de la habitación dando brincos de alegría al ver al doctor.

Éste se dirigió al paciente y le dijo: ¿Ha observado a mi perro? Nunca ha estado en esta habitación. Lo único que sabía era que su dueño estaba dentro y cuando la puerta se abrió entró sin miedo.

Yo no sé lo que hay al otro lado de la muerte, sí sé una cosa. Sé que mi dueño está ahí, al otro lado de la puerta, y eso me basta.

Cuentan que poco después de la revolución francesa, Reveillere Lépaux, testigo del saqueo de las iglesias y de la matanza de los sacerdotes pensó que había llegado la hora de ocupar el lugar de Cristo y fundar una nueva religión de acuerdo con el progreso y la modernidad.

Pasados unos meses, el invento no funcionaba, no tenía clientes, y acudió a Bonaparte y le manifestó su decepción.

Bonaparte le dijo: Ciudadano, ¿de verdad queréis hacer la competencia a Jesús?

Sólo tenéis una solución, tenéis que hacer lo que hizo él. Tienen que crucificaros un viernes y tenéis que resucitar el domingo.

Un hombre fue a ver al párroco para hablarle del funeral de su padre y le dijo: “Mi padre quería que le despidiéramos en la iglesia. Nosotros, sus hijos, somos agnósticos. Le pido, por favor, que nos ahorre todas sus piadosidades”.

El párroco eligió como evangelio el de la resurrección de Lázaro. Lo escucharon con emoción contenida.

Al terminar la misa, el hijo se acercó al cura con lágrimas en los ojos y le dijo simplemente: “Gracias”.

El relato de este evangelio nos introduce en el umbral del misterio y todos podemos abrirnos si queremos a esta misteriosa realidad.

Quinto domingo de Cuaresma, anticipación y preparación para el final del viaje de Jesús y el nuestro.

No sólo hay otra agua –la Samaritana-, y otra visión –el ciego de nacimiento-, hay otra vida.

“Amar a alguien es decirle, tú no morirás para siempre”, dice Gabriel Marcel.

Jesús, en el evangelio de Juan, comenzó su ministerio, su primer signo, con una boda en Caná y termina con un funeral, su séptimo signo, en Betania, donde vivían sus amigos, Marta, María y Lázaro.

Hay crisis en Betania. Lázaro ha muerto. Sus hermanas lloran su muerte y Jesús llora con ellas.

Hay crisis en nuestra vida cotidiana porque todos nosotros somos enfermos terminales y morimos y Jesús llora con nosotros.

Hay crisis en las familias, hijos enfermos, hijos alejados de la Iglesia, hijos que se niegan a creer y otros que creen. Y Jesús llora y nos visita.

Hay crisis en el mundo: desastres naturales, revoluciones, guerras, injusticias, hambre…egoísmos y avaricias que intoxican las relaciones humanas y Jesús llora por el mundo.

Hay crisis en la vida de Jesús. Su muerte en la cruz conmueve los cimientos de la tierra.

Jesús nos abre los ojos al misterio de la vida nueva, al poder de Dios, asumiendo nuestra condición humana en su totalidad, y llora porque ama, nos ama como a su amigo Lázaro.

Los judíos, como todos nosotros, acudieron aquel día a dar el pésame a Marta y María.

Sí, nos abrazamos, besamos, lloramos, pero no podemos hacer nada. No podemos despertar al amigo muerto.

Jesús también acudió a la casa de Marta y María. Jesús conversó con ellas, lloró porque amaba a Lázaro, pero su presencia fue verdaderamente consoladora y eficaz.

Jesús le dijo a Marta: “Tu hermano resucitará”. Palabra eficaz. Promesa cumplida.

“Quitad la piedra”. “Lázaro, sal fuera. Desatadlo y dejadlo andar”, ordenó Jesús.

Jesús despertó al amigo y lo devolvió a la vida, símbolo de su resurrección, fecha que marca el final de la creación del hombre. A partir de ese día comienza la vida resucitada. Ahora sólo hay vida. Despojados de las vendas, de todo lo que nos mantiene atados, del traje de la muerte, volvemos nosotros también como Lázaros a la vida nueva.

La Iglesia, comunidad de los vestidos con el traje de la vida, de la gracia, tiene que ser lugar de liberación y de fiesta, no de mortificación y condena.

“El hombre no puede estar dispuesto a dar su vida como Jesús si no está convencido de que es indestructible.

Jesús hace al hombre verdaderamente libre cuando lo libera del miedo a la muerte”.

En este tiempo catecumenal la tumba es la piscina bautismal.

Los catecúmenos se sumergirán en las aguas, morirán, y resucitarán, vestidos de blanco a la vida nueva, a la vida cristiana.

“La nueva vida no sería realmente nueva si no viniera del final total de la vieja vida”.

HOMILÍA 3

Cuando termine la muerte,
si dicen: “A levantarse”
a mí que no me despierten.
Que por mucho que lo piense,
yo no sé lo que me espera
cuando termine la muerte.
Si otros no buscan a Dios
yo no tengo más remedio:
me debe una explicación.
No digo que no o que sí.
Digo que me gustaría
que El también creyera en mí
Yo no le guardo rencor.
Si le encuentro alguna vez
nos perdonamos los dos.


Manuel Alcántara

Este poema que yo leí en mis años de estudiante nunca me ha abandonado. Tantos libros olvidados, tantas oraciones memorizadas y desechadas, tanto pasado suprimido, y sin embargo este “a mí que no me despierten” siempre presente, siempre recordado.

Al final de la vida humana, ¿hay sólo silencio y olvido?

La respuesta a la gran pregunta, los seguidores de Jesús, la encontramos en el evangelio de Jesús y en el final de Jesús.

La Pascua, meta de nuestro viaje cuaresmal, es el paso de la muerte a la vida, es el grito que proclama que Jesús vive, y para El no hay ni olvido ni silencio.

Nuestra presencia en la iglesia es la prueba de nuestra fe: anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, Señor Jesús.

Celebramos hoy el último domingo de Cuaresma, del País de los Ciegos del domingo pasado, desembocamos hoy en el País de los vivos.

Jesús abrió los ojos del ciego de nacimiento y le dijo y nos dice: Yo soy la luz.

Hoy Jesús dice: Lázaro, nuestro amigo, duerme. Voy a despertarlo.

Nosotros no morimos, nos dormimos en el Señor. Y Dios nos despertará a todos.

“A mí que no me despierten” es un buen deseo, pero todos seremos despertados a la vida definitiva. Hay un final feliz para todos los seguidores de Jesús, para todos.

“Quitad la losa” pide Jesús a los que lloran la muerte de Lázaro.

La vida biológica por más que la prolonguen las pastillas y los adelantos de la ciencia está condenada a acabarse y como todo lo humano pide un final glorioso. Dios me debe una explicación, dice el poeta y la respuesta es que para Dios no hay losas que quitar.

Jesús no vino para prolongar la vida biológica de Lázaro, vino y viene a hacernos herederos de la vida trascendente y gloriosa que sólo El posee.

Yo sé que entre las muchas cosas que dicen los evangelios y los muchos dogmas que la Iglesia nos manda creer, ninguno más difícil, ninguno más inverosímil, ninguno más necesario que el de la inimaginable e imposible resurrección. Podemos dudar de muchas verdades, pero la única que nos define como seguidores de Jesús es creer que vive y que nosotros viviremos con El.

Marta, ¿crees esto?

Marta sabía que Jesús podía hacer y hacía milagros, lo que no sabía es que Jesús era el gran milagro. Su presencia en la tierra era el gran signo de que Dios seguía actuando en la vida de sus hijos.

Marta sabía que Jesús podía resucitar a un muerto, pero no sabía que Jesús es la Resurrección y la Vida, el vencedor de nuestro mortal enemigo, la muerte.

Marta sabía que Jesús podía sanar a los enfermos y darles vida, pero no sabía que Jesús es la Vida para siempre.

Marta sabía que Jesús estaba lleno del Espíritu de Dios, pero no sabía que Jesús era Dios. ¿Y ustedes, cristianos de esta parroquia, creen que después de esta vida, hay más vida y mejor vida con Jesucristo? El que estemos vivos hoy es un milagro, una bendición, pero el pensar que viviremos para siempre gracias al amor y al poder de Jesús es maravilloso y debería llenarnos de alegría. ¿O vivimos llenos de miedos?

Señor, despiértanos y sácianos de tu presencia cuando despertemos en la otra orilla de la nueva vida.