HOMILÍA DOMINICAL - CICLO A

  Trigésimo segundo DOMINGO

P. Félix Jiménez Tutor, escolapio ...

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 Escritura:

Sabiduría 6,13-17; 1 Tesalonicenses 4,12-17;
Mateo 25,1-13

EVANGELIO

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: -El Reino de los Cielos se parecerá a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: ¡"Que llega el esposo, salid a recibirlo"!. Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: "Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas". Pero las sensatas contestaron:"Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis."

Mientras iban a comprarlo llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: "Señor, señor, ábrenos". Pero él respondió: "Os lo aseguro: no os conozco".

Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.

 

HOMILÍA 1

Un grupo de turistas iba a emprender una excursión por las montañas. La carretera era estrecha y llena de curvas peligrosas.

El conductor estaba nervioso, era la primera vez que hacía ese recorrido. Antes de comenzar la excursión se plantó delante del autobús y dijo sus oraciones.

Apenas recorridos unos kilómetros, el motor comenzó a calentarse. No había agua en el radiador. Eso tenía fácil arreglo. Pero faltando muchos kilómetros para la meta, el autobús se paró. No había gasolina en el tanque. Se quedó vacío. Los turistas tuvieron que esperar largas horas antes de ser auxiliados.

El conductor había orado antes de salir pero no había echado agua al radiador y no había llenado el tanque de gasolina.

En nuestro mundo, y entre nosotros, hay personas que viven como turistas. El turista es el que disfruta de un lugar, lo usa unas horas o unos días y habitualmente lo deja peor de lo que lo encontró.

Los hay que viven como peregrinos. Hacen muchos sacrificios, pero sólo les interesa la meta. Y se desentienden de lo que pasa a su alrededor.

Los hay indiferentes. El mundo pasa. La vida es una historia contada por un idiota.

¿Para qué trabajar? ¿Para qué preocuparse?

Los impíos dicen: comamos, bebamos, gocemos...que esto no da más de si.

Algunos creyentes: oran mucho pero no echan agua al radiador ni llenan el tanque de gasolina.

Todas estas personas son las cinco doncellas necias que esperan al novio dormidas y vacías.

Y están las cinco doncellas sabias. Estas son las que saben que el mundo es un lugar hermoso, que hay que disfrutar, pero que hay que dejarlo mejor de lo que lo encontramos. Las que saben que hay que hacerlo más humano, más justo, más solidario, más fraterno, más según el proyecto de Dios.

Son sabias las personas que saben que hay una meta final, una nueva patria, pero este mundo es hoy nuestra casa y nuestra patria y hay que comprometerse con todas las causas justas , hay que hincar el diente a los problemas que a todos nos afectan y hay que mancharse las manos.

Son sabias las personas que saben que hay un fin del mundo y oran por los cielos nuevos y la tierra nueva y oran para que venga a nosotros el Reino del Padre y oran para que el novio llegue y nos introduzca en el banquete de bodas, pero viven preparados y trabajando. No saben a qué hora va a llegar el novio y viven "como si Dios no existiera". Saben que Dios no es un capataz que nos vigila, pero saben que Dios está presente y le agradan haciendo lo que nos ha mandado: ser sal y luz de la tierra y ser aceite que sana las heridas.

Jesús nos dice a todos hoy: "Estén vigilantes porque no saben ni el día ni la hora".

La pregunta para el cristiano no es ¿cuándo se acabará el mundo? La pregunta es: ¿está usted preparado?

Unos preparan oposiciones. Otros preparan un viaje exótico. Otros se preparan para un futuro inmediato. Otros viven al día.

Nosotros nos preparamos par lo mejor, para una fiesta de bodas, para recibir al novio y el novio es Jesucristo.

Y como el novio se retrasa más de la cuenta, unos se quedan dormidos, otros se van al bar de la esquina y otros piensan que no hay que esperar a ningún Godot; la suerte ya está echada, pase lo que pase.

Sí, el novio se retrasa, pero viene, y nos invita a nosotros que tenemos un poco de sabios y un poco de necios a buscar la sabiduría. La prudencia intenta resolver lo inmediato. La sabiduría contempla la totalidad de la vida.

Esta es una de las parábolas del evangelio en que todos los personajes son mujeres.

A media noche son las portadoras de la luz a la comunidad. Esperan y vigilan. Viven en la fe y en el amor al Señor.

Si yo hubiera escrito esta parábola, habría descrito a cinco mujeres sabias y a cinco hombres necios.

Los hombres vivimos lo inmediato.

Nos devoran los instintos.

Nos matan los problemas, los negocios.

No tenemos tiempo para lo importante: Dios, los hijos, la comunidad, las cosas del espíritu, la oración...

Nos envenena la avaricia, el prestigio, el tener más...

Nos contentamos con poco. Nos basta el presente. Nos basta un ligue más para la colección. Nos basta la tierra. No tenemos un horizonte trascendente.

Jesucristo es importante. Descrubrámosle en este hoy de nuestra vida y Él será nuestro mañana feliz.

 

 

HOMILÍA 2

“Yo dormía, pero mi corazón velaba”, Cantar de los cantares 5,2

Matar el tiempo, ociosidad creativa o enfermiza, es una actividad como otra cualquiera.

El tiempo del reloj, del calendario, tiempo secular de los humanos, hay que llenarlo para que puedan escribir una biografía. Tiempo cronológico, fechas y hazañas olvidadas que ya a nadie interesan. Esta es nuestra maldición desde el principio.

Un día, paseaba un hombre por la ciudad y vio una enorme construcción y, curioso, preguntó a uno de los trabajadores: ¿qué estáis haciendo aquí? El trabajador le contestó: Yo estoy poniendo ladrillos, eso es todo. Siguió caminando y preguntó a otro trabajador: ¿y usted qué está haciendo aquí? Este le contestó: Yo estoy ganando el pan de mis hijos. Se encontró con otro trabajador, le hizo la misma pregunta y obtuvo la siguiente respuesta: Yo estoy haciendo una catedral.

Los dos primeros trabajadores viven el tiempo del reloj, duermen.

El tercero, su corazón está en vela, vive el tiempo interior, tiempo religioso, tiempo de la gracia, de la conexión con Dios y con los hermanos. Este pone ladrillos como el primero, gana el pan de sus hijos como el segundo, pero es consciente de lo que hace y para quien lo hace.

Aquí y ahora, en la iglesia, llenamos el tiempo viviendo la ausencia dolorosa de Dios y celebrando su presencia poderosa.

Este domingo, se nos va acabando el calendario que nos esclaviza. Jesús nos cuenta otra historia con moraleja.

Dios no tiene calendario ni cronología, es el novio que sale a nuestro encuentro para celebrar la alegría de las bodas de su hijo con toda la humanidad.

“Mira, estoy a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y conmigo”. Ap. 3,29

La historia de las diez doncellas es la historia de toda la humanidad.

Los primeros cristianos vivían desanimados porque Cristo, el esposo, tardaba en venir. Su ausencia les dolía y algunos empezaban a dudar. Las diez doncellas somos todos los seguidores de Jesús que como los primeros cristianos estamos condenados a esperar la medianoche, la boda sin hora ni fecha, y no sabemos cómo llenar el tiempo de la espera.

En esta sociedad en la que lo tenemos todo y esperamos poco de aquí y menos del más allá la gente vive estresada, deprimida, burned out, agotada y vacía.

Nosotros, los seguidores de Jesús, libres y alegres aceptamos el retraso del novio y vivimos la espera con confianza, con las lámparas, llenas de aceite, en las manos.

La lámpara, el recipiente, soy yo, mi corazón en vela, dispuesto a ser llenado de aceite, de combustible, del fuego interior que me da alegría y energía para vivir la espera del novio sin desánimos ni sobresaltos.

Nosotros, los que venimos a esta estación de servicio, somos las doncellas prudentes que venimos a llenar el tanque de aceite, la fe, la esperanza y el amor. Aceite que Dios no niega a nadie.

Los necios siguen viajando sin darse cuenta de que el tanque se vacía y lo llenan de lo que estresa, deprime y vacía.

Terminada la Eucaristía, ¿llenados los tanques? Volvemos a nuestra rutina. El cura nos despide,  se queda solo y siente un vacío al entrar a la iglesia de nuevo vacía.

En los bancos un feligrés se ha dejado el móvil, otro ha olvidado un paraguas, otro el boletín…

Yo me pregunto ¿y si alguien hubiera dejado una tristeza en la iglesia? ¿Y si alguien ha salido liberado de la culpa? ¿Y si alguien ha salido lleno de esperanza y con una sonrisa en los labios?

Qué bonito si al salir de la iglesia hubiéramos dejado todas las sobras y los pesos que nos impiden levantar los ojos, mirar al cielo, y esperar con paciencia al esposo que se retrasa y ni siquiera se ha molestado en comunicarnos la hora de las bodas eternas.

Yo cierro la puerta, recojo los objetos olvidados y doy gracias por las sobras y los pesos que sólo Dios puede recoger, bendecir y transformar.