HOMILÍA DOMINICAL - CICLO C

  Fiesta de la Santísima Trinidad

P. Félix Jiménez Tutor, escolapio

   

 

 

HOMILÍA 1

 

“Negar la Trinidad es arriesgar la salvación, intentar explicarla es arriesgar la salud mental” predicaba Lutero.

Predicar este domingo es una tarea titánica, imposible, porque la Fiesta de la Santísima Trinidad no es una fiesta normal no celebra un acontecimiento como la Navidad o la Pascua, no celebra una persona o un santo. Celebra una fiesta doctrinal. La palabra Trinidad no es una palabra bíblica, es una verdad abstracta, una doctrina, un misterio del cual Jesús nunca habló y Pablo nunca habló. Tenemos que aprender a vivir con el misterio de Dios. Los problemas se solucionan, pero el misterio se vive entre el asombro y la humildad.

Son muchas las comparaciones que los predicadores de todos los tiempos han usado para intentar explicar lo inexplicable. 

Agua: líquido, sólido y vapor.

Huevo: cáscara, yema y clara.

San Patricia usó el trébol: tres hojas y una sola planta.

El Padre: el que habla. El Hijo: la Palabra. El Espíritu: el Aliento.

El Padre: El que ama. El Hijo: el amado y el Espíritu Santo: el amor. Creador, Redentor y Santificador.

Hoy, Fiesta de la Trinidad, es el día en que los predicadores de todos los rincones del mundo dirán más tonterías y más herejías. Hablamos mucho de lo que Dios espera de nosotros y mucho más de lo que Dios hace por nosotros. Pero hablamos poco de lo que Dios es en sí.

¿Cómo explicar el en sí de Dios cuando nadie lo ha visto? ¿Cómo comprender el misterio y aceptar las matemáticas de Dios 1+1+1=1?

Una cosa es cierta, hablar de la Trinidad es hablar de Dios. No del en sí de Dios, de su intimidad más íntima, pero sí de sus manifestaciones, de esas salidas y aventuras de Dios por el mundo de los hombres.

Seguro que a todos ustedes les ha pasado más de una vez ser saludados por alguien cuyo nombre y rostro no recuerdan, a primera vista un extraño. Cuando se aleja el extraño empezamos a hacer memoria y poco a poco le damos nombre al extraño y recordamos el rostro de un amigo de la infancia, olvidado pero que aún recordamos y vive en nuestro corazón y nos decimos pero si era Juan.

Dios es ese extraño huidizo y esquivo que toma formas diversas en nuestros encuentros y por eso nos cuesta reconocerlo. Un día es el Padre que me quiere como a un hijo. Otro día es el Hijo que se me acerca como un buen amigo. Otras veces es el Espíritu que me consuela y da valor.

Un Dios, trino y uno, cuya amistad tengo que experimentar, una relación que tengo que cultivar y una pareja que me invita a bailar en la oración.

Dios es misterio y mucho más. Dios es amor, comunidad de amor. El amor sale de su en sí, se manifiesta y se hace visible. A Dios lo conocemos en sus manifestaciones ad extra. Dice un proverbio serbio: Si he visto tus ojos te conozco un poco; si he oído tu voz te conozco un poco más; si he visto tus obras te conozco de verdad.

El misterio de la Trinidad, símbolo de la comunidad y la unidad en la diversidad, nos recuerda a nosotros los que recitamos, domingo tras domingo el Credo de Nicea, sé que no lo entienden y yo tampoco, que nos somos individuos aislados, somos una relación con Dios y estamos necesitados de las relaciones con los otros cristianos para vivir la única relación que importa, la relación con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

San Agustín nos invita a no desanimarnos porque cuando amáis sabéis más de Dios que cuando intentáis entenderlo con la inteligencia.