HOMILÍA DOMINICAL - CICLO C

  Décimo DOMINGO

P. Félix Jiménez Tutor, escolapio

   

 

 Escritura:

Lecturas: 1 Reyes 17,17-24, Gálatas 1,11-19; 

Lucas 7,11-17

EVANGELIO

 

Iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío. Cuando se acercaba a la entrada de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo: “No llores”. Se acercó al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: “Muchacho, a ti te lo digo, levántate”. El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre. Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo: Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo. La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera.

 

HOMILÍA

 

“Cada mañana cuando me levanto lo primero que hago es leer las esquelas en el periódico y si no encuentro mi nombre me visto y desayuno” dice el cómico George Burns. Hasta que un día alguien leyó su nombre en las malditas esquelas.

La verdad es que, hoy, no merece la pena salir en los periódicos, sólo salen los nombres de los corruptos y de las celebridades y sus escándalos. 

Llega un día para todos en que somos borrados de todos los registros y hasta nuestro DNI se destruye. Llega un día, bendito y glorioso día, en que sólo estamos en la lista de Dios, sólo Él nos recuerda y reconoce, el día en que empezamos a cobrar la pensión de Dios en el cielo. Yo no entiendo por qué tenemos miedo a ese día, el día de la muerte.

El desfile de la muerte pasa delante de nuestra puerta mañana y tarde y todos nosotros iremos en el gran desfile de la muerte. Mueren nuestros padres y nos quedamos huérfanos, muere nuestro esposo o esposa y nos quedamos viudos o viudas, muere un niño y nos quedamos sin palabras. Nada más trágico que la muerte de un niño.

En el evangelio de este domingo, Lucas nos habla de dos desfiles: el desfile de la muerte y el desfile de la vida.

“Sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba”.

La viuda y ahora sin su hijo único, sin palabras, va al camposanto con las gentes de Naín. Es el desfile más triste porque son los hijos los que tienen que enterrar a sus padres y no los padres a los hijos.

Ese día otro desfile llega a la ciudad de Naín. “Iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío” Es el desfile de la vida. Es el desfile encabezado por Jesús, el vencedor de la muerte.

Jesús ve la viuda, sus entrañas se conmueven, se le acerca y le dice: “No llores”.

La viuda de Naín no se arrodilla ante Jesús, no toca su vestido, no pide nada, no dice gracias ni siquiera se nos dice que tuviera fe, tal vez no esperara nada, sólo llora a su hijo. Ese hombre que se acerca es un extraño, un curioso más del que no espera nada, a lo sumo esas palabras tópicas que hieren más que consuelan.

Jesús también lloró ante la tumba de su amigo Lázaro y en este día, ante la muerte de un hijo único, su corazón se rompió y actuó. Jesús se acercó al ataúd, lo tocó y dijo: “muchacho a ti te lo digo, levántate”.

El Señor de la vida, este día, como otro día con la hija de Jairo y con su amigo Lázaro, con su palara, sólo con su palabra venció la muerte y vencerá la muerte de todos los que en él han puesto su esperanza.

Nosotros somos la viuda de esta historia que llora porque todos desfilamos muchas veces detrás del ataúd de un ser querido con nuestras dudas e interrogantes y la eterna pregunta: ¿dónde está tu compasión, Señor?

A nosotros, hombres de fe, nos queda siempre el poder del amor que es más fuerte que la muerte, el amor que nos ata para siempre a nuestros seres queridos, nos queda el poder de la oración, cordón umbilical que nos unes a la fuente de la vida, nos queda el poder de las lágrimas y nos queda el poder de Cristo. 

Cristo pasaba por Naín, su destino era Jerusalén, camino hacia la muerte, la gran muerte, la muerte por todos los pecados de los hombres. 

¿Dónde está hoy, Señor, tu compasión?

Viernes Santo y Pascua es la respuesta más elocuente a nuestros sufrimientos y miedos. La otra cara de la muerte es la vida, la otra cara de la derrota es la victoria, la otra cara de la tristeza es la alegría, alegría porque Dios ha visitado a su pueblo.

“Pondrá su morada entre ellos. Ellos serán su pueblo y él, Dios-con-ellos, será su Dios. Enjugará las lágrimas de sus ojos, y no habrá ya muerte ni llanto, ni gritos ni fatiga, porque el mundo viejo habrá pasado”.