HOMILÍA DOMINICAL - CICLO B

  Sexto DOMINGO

P. Félix Jiménez Tutor, escolapio ...

.  

 

 Escritura:

Levítico 13, 1-2.44-46; 1 Corintios 10,31 – 11,1; Marcos 1, 40-45

EVANGELIO

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: "Si quieres, puedes limpiarme". Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: "Quiero: queda limpio". La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio Él lo despidió, encargándole severamente: "No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés". Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaban fuera, en descampado; y aún así acudían a él de todas partes.

 

HOMILÍA 1

¿Han oído alguna vez la palabra Molokai?

Para mi es una palabra de mi infancia, de mi catequesis, una palabra de miedo y de esperanza.

Molokai fue una isla maldita durante muchos años. En ella vivían sólo leprosos que gritarían como los que describe el libro del Levítico y el evangelio de Marcos: impuro. Y allí vivían separados del resto de los hombres.

La compasión que sintió Jesús por el leproso del evangelio ha existido siempre en la iglesia de Jesús.

Un día, un sacerdote, el P. Damián decidió ejercer su ministerio entre los leprosos de Molokai. Y se entregó a ellos con la misma compasión de Jesús. Y un día comenzó su predicación con estas palabras: "Mis hermanos leprosos". Aquel día el P. Damián no sólo era el párroco era también su igual, era un leproso más. Nunca volvió a su tierra y murió de lepra. Como leproso que era tenía prohibido salir de la isla maldita.

Como ven la ternura de Dios sigue viva y se manifiesta a través de sus hijos. Y se manifestó con poder en la actuación de su mejor hijo: Jesús de Nazaret.

Los hombres ponemos en cuarentena a los enfermos contagiosos, aislamos y marginamos a los que tienen sida, a los que tienen la piel de otro color.

En tiempos de Jesús, hemos leído, les exigían una doble dosis de sufrimiento: el sufrimiento de la enfermedad más el sufrimiento de la soledad.

En tiempos de Jesús como hoy la pureza de la raza, la pureza de la sangre, la pureza moral y aún la religiosa se medía por lo exterior: manchas, color, idioma... ¡Qué barbaridad! La piel sigue siendo una barrera, una frontera que separa a muchos hermanos.

Nosotros sabemos que Dios no tiene acepción de personas. Nosotros sabemos que Dios mira el corazón, no la piel. Nosotros sabemos que Dios envió a Jesús para derribar todas las barreras que nos separan de Él y de los hermanos. Nosotros sabemos que para Dios nadie es intocable, nadie es impuro. Nosotros sabemos que Dios no quiere cuarentenas ni separaciones.

Jesús es nuestra sabiduría. Jesús es la prueba de que esto es verdad.

Jesús miró con compasión al leproso, le tocó, y le dijo: quiero queda limpio.

Jesús tocó al intocable y se hizo leproso con él y se contaminó. Y nos enseñó que nadie es intocable, que todos podemos ser tocados por el amor de Dios y podemos quedar limpios. En Nueva York hay un hombre muy rico, Mr. Trump, que no da la mano a nadie para no contaminarse con gérmenes nocivos.

Jesús tocó al leproso porque sintió compasión y amor y el amor verdadero necesita tocar para reunir y sanar las múltiples heridas del corazón.

Hermanos, Jesús nos quiere tocar pero hay que acercarse a Él con fe.

Que valiente el leproso del evangelio de hoy. El intocable, el impuro, el marginado, rompe las leyes del Levítico, de la palabra de Dios y corre, se arrodilla y suplica a Jesús: "Si quieres, puedes limpiarme". No le pide sanación, le pide limpieza. Le pide integración a la comunidad, a la familia, al culto, a la oración en el templo. Y Jesús cura la herida de la separación y del exilio.

Esta es la historia de un día cualquiera que, a pesar de su maldición por los hombres, el leproso se atrevió a confiar y a creer en el poder de Jesús.

Pregúntate hoy: ¿Hay un leproso dentro de mi? ¿Qué te importa más, la belleza de tu piel o la de tu corazón?

Yo podría decir hoy como el P. Damián: Mis hermanos leprosos.

No importa que todos los que estamos aquí reunidos seamos leprosos e impuros porque tenemos quien nos toque. Jesús nos dice hoy a todos: quiero, queden todos limpios.

Pero hay que correr, arrodillarse y suplicarle a Jesús: Si tú quieres nos puedes limpiar.

Todos somos hijos de Dios, todos amados por Dios, todos purificados de cualquier lepra por la sangre de Jesús.

Pregúntate: ¿hay alguien que sea leproso para ti? ¿alguien a quien marginas por su color, raza, nacionalidad, religión...?

Mis hermanos leprosos, para Dios no hay leprosos.

Y Pablo nos recomienda en su carta: "Imiten a Cristo".

 

 

HOMILÍA 2

TÓCAME

“Encolerizado, extendió su mano, lo tocó y le dijo: Quiero queda limpio”. Marcos no nos dice lo que Jesús enseñaba, pero sí nos dice algo mejor, Jesús sanaba. Liberó al endemoniado, sanó a la suegra de Pedro y, hoy, sana, que es más que curar, al enfermo de la piel. Give me some skin, saludo de los afroamericanos, que traducido literalmente significa –dame algo de piel, o coloquialmente, tócame, chócala.

La piel es nuestro vestido exterior, vestido precioso que cuidamos muchísimo y que más que cualquier otro rasgo humano es motivo de divisiones. Divididos por la piel en blancos y negros, amarillos y rojos. Y si este vestido multicolor tiene algún defecto o alguna enfermedad como la lepra o el sida la división y el rechazo es total. ¿Cómo serían los otros si los viéramos sin el vestido de la piel?

Ya nadie te da un poco de piel. Nadie te toca.

Hace unos años, cuenta Rosemary Brown, Marcos un buen amigo estaba enfermo de sida en un hospital. Yo lo visita regularmente, pero en mi última visita se encontraba muy enfermo y muy débil. Rezamos juntos y cuando me disponía a marcharme, Marcos me miró con lágrimas en los ojos y me dijo: ¿Tienes miedo a abrazarme? Creo que ese fue uno de los abrazos más preciosos de mi vida.

Jesús, nos dice Marcos, encolerizado tocó al leproso.

Jesús tocó al que según la ley era intocable. Los enfermos de la piel eran impuros, estaban descalificados para acercarse a lo santo, al templo, a los sacerdotes que eran los que declaraban la enfermedad y la curación.

Jesús, encolerizado, lo tocó, es decir, se hizo impuro con el impuro, se hace ritualmente impuro y no puede entrar en los pueblos a predicar el evangelio,-para eso he venido- decía el domingo pasado, su ministerio es interrumpido por leyes humanas que son las que esclavizan y nos apartan de Dios.

La cólera de Jesús no se dirige al leproso sino a la sociedad que margina y excluye, se dirige a la religión que aleja a los hijos de Dios de la fuente de la vida, que absolutiza la ley y margina a la persona, que pone el acento en lo exterior, que declara culpable al inocente y lo castiga con una excomunión total.

La cólera de Jesús sigue denunciando la intolerancia de los hombres incapaces de encontrar el camino de la sanación de las relaciones humanas, incapaces de eliminar las marginaciones y dar plena humanidad a todos.

Los hombres, egoístas que somos, no sólo somos cada vez más indiferentes al mal y al sufrimiento que nos rodea, a pesar de estar omnipresente en nuestras salas de estar, sino que lo evitamos y lo ocultamos para que nadie y especialmente nuestros hijos no se traumaticen.

“Si quieres puedes limpiarme”. Frente a Jesús se encuentra un leproso mendigando con humildad y sencillez.

Jesús que no vino a buscar a los puros sino a los impuros, lo tocó físicamente y espiritualmente.

Jesús que no es un curandero lo tocó por dentro y por fuera.

Jesús le impone silencio, el secreto mesiánico se revelará plenamente en la cruz, y lo envía a los sacerdotes para que ya que lo habían excluido del culto y de la sociedad lo reconcilien con el mundo de los vivos.

Jesús nos quiere, hoy, tocar a todos con el poder de su perdón y de su sanación. Todos necesitamos ser tocados por Jesús y liberados de nuestro pasado.

Celebramos, hoy, la jornada de Manos Unidas, esta ONG católica que quiere tocar muchas vidas por el ancho mundo. Su lema es -La Salud, Derecho de Todos- lema que nos recuerda que aún quedan leprosos en el mundo, hermanos con sida, malaria, cáncer…la enfermedad nos iguala a todos.

Los hombres vivimos amenazados por la enfermedad física, social y espiritual. Estar sano es mucho más que tener una salud de hierro y no necesitar nada. Estar sano es necesitar a los demás y ser necesitado por los demás.

Es hermoso que Jesús nos toque y vivamos una relación personal con él, pero si escuchamos su palabra, ésta nos empuja a tener una relación cordial con todos los hombres y especialmente con los que sufren para juntos hacer el camino de la vida.

Michael Kirwan, miembro de la comunidad del Catholic Worker de Dorothy Day, cuenta en una entrevista cómo decidió entregarse de lleno al trabajo con los sin techo.

Una noche llevé una jarra de cuatro litros de sopa de guisantes a un grupo de mendigos y me senté en un bloque de cemento con ellos. Un tipo fuerte cogió la jarra y de un golpe me la rompió en la cabeza. En lugar de echar a correr le pregunté por qué lo había hecho y me dijo: Usted viene a alimentar a los perros, les lleva la comida y se la pone delante como se pone a los animales y luego se larga. Hable con nosotros, visítenos, tóquenos. No mordemos.

Estos mendigos querían ser respetados, escuchados y amados. Darles comida no era suficiente.

HOMILÍA 3

Una señora americana, muy rica, visitó en cierta ocasión a Madre Teresa de Calcuta y le ofreció un cheque con muchos ceros para ayudar a las obras que sus hermanas llevan a cabo en Calcuta.

Madre Teresa, en esta ocasión, no lo aceptó. “No dinero”, le dijo. La señora insistía y le recordaba que era propietaria de muchos bienes. “No dinero”, le dijo.

La señora sorprendida y desconsolada le preguntó: ¿Y entonces qué puedo hacer, cómo puedo ayudar?

Madre Teresa la cogió de la mano y la llevó a un refugio miserable y le mostró un niño sucio y hambriento y le dijo cuide de él. La señora buscó agua y jabón y con mucha ternura lavó al niño, lo vistió y lo alimentó.

Aquel día, confiesa la señora, mi vida cambió. Comprendí que hay algo mejor que el dinero, la compasión y el contacto personal y tangible con los hermanos.

Un profesor de la Universidad de Massashussets, Sydney B. Simon habla del “skin hunger”, hambre de piel, de contacto, con la que todos nacemos y necesitamos hasta el final de la vida.

El domingo pasado, ¿se acuerdan?, Marcos nos decía que Jesús es el manual de funciones del cristiano, del seguidor de Jesús, y nos contaba cómo Jesús mató el tiempo un sábado: sinagoga, comida, siesta, asamblea de sanación y oración en el descampado.

Hoy nos dice cómo Jesús vivió el fin de semana. Nosotros ya no hablamos de los domingos, ahora planificamos los weekends, los fines de semana para que sean simplemente divertidos.

Terminaba el evangelio del domingo pasado diciéndonos que Jesús abandonó a sus nuevos fans y se fue a predicar a otros pueblos de Galilea y al llegar a uno de esos pueblos un leproso, de lejos, le gritaba: impuro, impuro. Se le acercó y le dijo: Si quieres, puedes limpiarme.

“Limpiarme”, por dentro y por fuera, socialmente, religiosamente, familiarmente, que es mucho más profundo que “curarme”.

El evangelio, nuestro manual de funciones, no versa sobre nosotros, nuestras lepras, nuestras enfermedades o nuestros pecados, el evangelio es Jesús, nosotros somos los agraciados por la ternura de Jesús, nosotros somos los tocados por Jesús.

El evangelio sólo tiene un protagosnista Jesús, sólo tiene un mensaje, la compasión de Jesús, el “sí quiero” de Jesús.

Frente a la Ley que excomulga, que arroja a los hombres fuera del pueblo de Dios, que describe todos los síntomas de la enfermedad, que señala lo puro y lo impuro, pero que no puede sanar, Jesús viene a liberarnos del yugo de la Ley.

Jesús manda callar a la Ley y tocando, gesto de ternura, al leproso se hace impuro con el impuro, se autoexcluyó del culto ritualista y vacío de los hombres.

Jesús, en su ministerio de la ternura, tocó con sus manos al leproso y a todas las personas que nadie se atrevía a tocar.

El leproso, símbolo de todos los que vivimos con las cicatrices profundas de la edad, la enfermedad y del pecado tenemos que acercarnos a Jesús con la misma oración: "Señor, si quieres puedes limpiarme".

Cierto, aquí ninguno de ustedes ni yo, estamos leprosos, pero todos nos presentamos ante el Señor Jesús para ser tocacos por El, para experimentar su ternura que es mucho más profunda que el skin hunger.

La liturgia ha introducido en la celebración de la Eucaristía el rito de la paz, breve momento en que antes de ser tocados por el pan de vida, los hermanos se dan la paz con un apretón de manos, un abrazo o un beso como símbolo de reconciliación y del gran amor de Dios. Necesitamos estar en paz con los hermanos para estar de verdad en paz con Dios.

"Jesús extendió la mano y lo tocó". A ejemplo de Jesús, el cristiano, según el manual de funciones, tiene que tocar económicamente, socialmente, familiarmente y físcamente a los hermanos necesitados. Tenemos que ser las manos de Jesús.

Son muchas las agencias sociales, las ONG, las Cáritas que existen en la Iglesia y en la sociedad y hacen mucho bien, pero muchas veces el tocar con nuetras manos, el abrazar al hermano es indispensable. Los hermanos, muchas veces, tienen más hambre del skin hunger que de dinero o comida.

Madre Teresa recomienda que al final del día, al evaluar nuestra jornada, tenemos que mirar nuestras manos y preguntarles: ¿qué habéis hecho hoy? ¿Han tocado a alguien con la ternura de Jesús? ¿Tienen nuestras manos las huellas de Cristo?

Tu secreto lo puedes guardar, pero el secreto de Jesús no se puede guardar, hay que publicarlo a los cuatro vientos.

.